Mi experiencia en el Rosario Misionero

11 de octubre de 2025

Jenifer Aylin Mendoza

Participar en el Rosario Misionero fue una de las experiencias más significativas que he tenido en mi vida junto a Dios.

Cuando me dijeron sobre la actividad, pensé que sería simplemente un recorrido donde se reza el Rosario mientras se camina. Sin embargo, entendí, que se trataba de algo mucho más profundo: un encuentro con Dios, con la comunidad y con uno mismo.

El aire de la mañana se mezclaba con el murmullo de las oraciones, y a medida que comenzamos a caminar, el sonido de los cantos me emocionaba.

Al rezar cada misterio, sentí que las palabras que tantas veces había repetido en silencio cobraban un nuevo sentido. No era solo una oración individual, sino una plegaria que unía a todos los que caminábamos.

Durante el recorrido, hubo momentos de canto, de silencio, de reflexión. En uno de ellos, mientras caminábamos por una calle rodeada de árboles, sentí mucha tranquilidad; miraba a mi alrededor y veía rostros concentrados, otros con sonrisas serenas y a las catequistas sonriendo mientras cantaban.

Vi cómo todos los niños participábamos con entusiasmo y nerviosos, llevando pancartas de colores y el rosario de unicel que representaban los cinco continentes.

Cada color era una súplica por las misiones del mundo: África, América, Europa, Asía y Oceanía.

Me impresionó pensar que, aunque caminábamos por nuestras calles, nuestras oraciones cruzaban fronteras. También aprendí que la misión no está lejos, sino en cada paso que damos por los demás y nos explicaron que darle la vuelta a la cuadra significa que la oración recorre el mundo entero, y que la misión de la Iglesia no tiene fronteras, en ese momento comprendí que el mundo es mucho más grande que nuestro entorno, y que hay muchas personas que necesitan nuestras oraciones, nuestro apoyo y nuestra fe.

Vivir este Rosario Misionero me permitió comprender que la fe se fortalece cuando se comparte, que rezar no es solo hablar con Dios, sino también caminar con los demás, acompañarlos en sus batallas y logros. Aquella caminata no fue solo un recorrido por las calles sino, un recordatorio de que, con María como guía, cada oración puede mover el corazón y transformar el mundo.